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Se llamaba José Gregorio Hernández

Escrito el 26/10/2011

Cuentan que cuando iban a colocar el cadáver de José Gregorio Hernández en la carroza fúnebre, el numeroso público que asistía a su funeral, empezó a gritar «El Doctor Hernández es nuestro», y decidieron llevarlo a hombros hasta el cementerio, donde más de mil coronas cubrirían su tumba. Ese grito espontáneo que brotó de un bosque de gargantas recoge de un modo extraordinario el sentir del pueblo venezolano que siempre ha visto en José Gregorio una persona muy cercana a su corazón. De hecho, no hay duda alguna de que José Gregorio fue el venezolano más querido de todo el siglo XX. Llamado «el médico de los pobres» y presente en millones de hogares mediante esculturas, cuadros o estampas, su fama de milagroso es tal que algunos médicos se quejan de que si se les muere un paciente es culpa del médico, pero si logran curarlo, es un milagro de José Gregorio Hernández. 

José Gregorio está tan profundamente sembrado en el corazón del pueblo venezolano que hace unos años, un candidato presidencial quiso aprovecharse de su enorme popularidad e hizo su campaña política con un afiche donde imitaba esa imagen tan conocida y tan típica de José Gregorio, donde aparece de pie, con las manos en la espalda, con un traje negro, su bigote y su sombrero.

Si bien todo el mundo sabe que fue un médico ejemplar que atendía a los pobres sin cobrarles y que incluso con frecuencia les regalaba las medicinas que pagaba de su bolsillo, pocos conocen que fue un gran científico, notable investigador y eminente profesor universitario. De hecho, sus obras «Elementos de Bacteriología» y «Elementos de Filosofía» fueron muy bien acogidas por el mundo académico tanto en Venezuela como en otros países.

De sus tiempos de profesor universitario, se conserva una anécdota que nos asoma a un José Gregorio cercano, con un gran sentido del humor, que nos aleja un poco de esa imagen excesivamente seria que nos han pintado: Resulta que un día se encontró con uno de esos estudiantes que se eternizan en la universidad porque se dedican a todo menos a estudiar y le preguntó José Gregorio: «Bachiller, ¿cuál es su profesión?» «Estudiante», contestó con determinación el joven. Entonces, José Gregorio le echó desde sus ojos una mirada profunda e irónica y le dijo: »Si esa es su profesión, ¿por qué no la ejerce?».

Javier Duplá, autor de esta vida de José Gregorio, es un sacerdote jesuita, nacido en España, pero enraizado en Venezuela desde muy joven, tierra que ha hecho suya a golpe de corazón, y que conoce y quiere como pocos. Montañero notable y esforzado, Duplá, amigo del frailejón, la niebla y el viento, ha recorrido sus llanos, sabanas y selvas, y ha escalado las cumbres más importantes del país. Si bien a Javier Duplá se le conoce en Venezuela por sus aportes pedagógicos, pues siempre ha sido un eminente profesor y un investigador y educador apasionado, es también autor de varios libros de cuentos, en los que palpitan el candor y la magia de la Venezuela profunda.

En las alas de su pluma ágil y elegante, iremos recorriendo la vida de José Gregorio, desde su nacimiento el 26 de Octubre de 1864, en el pueblito trujillano de Isnotú, hasta su muerte el 29 de junio de 1919, en Caracas, atropellado por un carro cuando salía de una botica donde había comprado las medicinas para uno de sus pacientes. Ironía de la vida, él que fue un hombre progresista, que hasta fue enviado a Francia por el Gobierno de Venezuela para que pudiera traer los conocimientos e instrumentos médicos más modernos, vino a morir atropellado por uno de los pocos carros que había entonces en Caracas, que se desplazaba a la hoy irrisoria velocidad de 30 kms por hora, pero que entonces se consideraba una velocidad meteórica.

Teniendo como excusa el hilo conductor de la vida de José Gregorio, Duplá nos introduce en la sencillez y candor de la vida campesina de la infancia de José Gregorio, marcada por una profunda religiosidad y nos lleva a revivir las peripecias de la aventura que suponía en aquellos tiempos viajar desde Trujillo hasta Caracas. Ya en la capital, la vida de José Gregorio nos asomará a la realidad de los estudios y al ambiente universitario y científico marcado por un laicismo muy profundo, en el que José Gregorio vivió su fe con un valor testimonial a toda prueba.

Tres veces intentó José Gregorio ingresar en el sacerdocio o en la vida religiosa, y las tres debió desistir por problemas de salud o porque le convencieron de que viviendo como médico ejemplar podía cumplir mejor la voluntad de Dios de dedicar su vida a su servicio. De hecho, José Gregorio entendió muy bien que servir a Dios es servir a sus hijos, y por ello, hizo de la medicina un verdadero sacerdocio.

A pesar de su vida ejemplar y su fama de santo, José Gregorio ha subido demasiado lentamente los dos primeros peldaños (Siervo de Dios y Venerable) para que la Iglesia lo proclame oficialmente santo. Falta todavía que sea reconocido primero como Beato y luego Santo. Para ello, la Iglesia tiene que aceptar tras una serie de exámenes científicos muy rigurosos alguno de sus milagros. Las numerosas placas que hay en la casa donde nació o en su tumba en la Iglesia de la Candelaria, demuestran que la gente le atribuye numerosos milagros. Pero la Iglesia es muy exigente en esto de comprobar y aceptar milagros. 

Toda Venezuela espera que muy pronto se den las condiciones para que José Gregorio sea proclamado santo. Cuando el Papa Juan Pablo II vino por segunda vez a Venezuela, le entregaron cinco millones de firmas pidiendo la elevación de José Gregorio a los altares. Y en el discurso que el mismo Papa dio a un nutrido grupo de intelectuales y científicos en el Teatro Teresa Carreño, fue interrumpido por una ovación de cinco minutos cuando mencionó el nombre de José Gregorio Hernández.

José Gregorio vivió el Siglo XIX como estudiante apasionado y el siglo XX como médico servicial que necesitaba alimentar su fe y su profunda religiosidad en la oración frecuente y en la misa y comunión diarias. Esperemos que en este siglo XXI, la Iglesia reconozca oficialmente su santidad y sea canonizado.

Mientras tanto, el pueblo venezolano ya lo ha hecho santo y le pide favores y lo invoca con una profunda devoción. En el altar del corazón del pueblo, José Gregorio ocupa un lugar privilegiado.

                                                     Antonio Pérez Esclarín

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